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Escrito por T0m4S Q_y
Después de un toque largo caminando por ese pasillo circular de tierra apisonada, 🟩 y 🔵 por fin empezaron a escuchar sus propios pasos resonar contra las paredes del templo. O lo que quedaba de él.
Porque templo, lo que se dice templo, ya no era. Alguna vez debió haber sido lindo —eso se notaba en los restos: columnas con guardas talladas a mano, un piso de mosaico que en algunas baldosas todavía brillaba, corazones tallados en el marco de cada puerta— pero ahora todo estaba cubierto de humedad, con las paredes descascaradas y ese olor a encierro que tienen las casas viejas que nadie ventila hace años. En una de las esquinas, alguien había amontonado sillas de plástico rotas, como si el templo fuera también depósito de trastos.
—Qué quilombo —murmuró 🔵, pasando el dedo por una columna y mirándose la yema llena de tierra—. Esto en mi barrio directamente lo tapiaban.
—No seas irrespetuoso —le contestó 🟩, con ese tonito de nene aplicado que se ofende en nombre de cualquiera—. Capaz la gente que vivía acá ya no tiene ni para pintura.
—Ah, ¿y eso lo justifica? Mirá el zócalo, está todo comido por la humedad.
Mientras caminaban, empezaron a notar las pinturas. En casi todas las paredes, entre manchas de humedad y algún grafiti nuevo, aparecía la misma mujer: alta, de rulos, con cara de estar siempre por decir algo importante o algo que no le importaba a nadie, según el día. En algunos cuadros estaba sola. En otros, al lado de un tipo alto con la cabeza gacha, como si no quisiera que le vieran la cara. Y en el emblema dorado de la entrada —el que 🟩 y 🔵 habían visto al bajar por el pozo— alguien había escrito con aerosol rojo, bien grande, la palabra FRAUDE.
—Mirá eso —señaló 🔵, casi orgulloso—. Alguien tenía la posta.
—O alguien estaba resentido y agarró la primera pared que encontró —le devolvió 🟩.
Frente a algunas de las estatuas todavía quedaban ofrendas: una vela derretida hasta el charco, una flor de plástico decolorada, monedas de países que ya ni existían. Alguien seguía viniendo, aunque fuera de vez en cuando.
—¿A quién le rezarán acá? —preguntó 🟩, agachándose para leer una inscripción borrosa al pie de una de las estatuas.
—Ni idea. Pero por las pintas, la mina tiene levante.
—🔵?
—¿Qué? Es una observación, no un pecado. Además, sabes perfectamente que no soy de esas personas.
Siguieron caminando, pasando cuartitos vacíos —capaz alguna vez fueron habitaciones de curas o algo así— hasta que una luz que no pegaba para nada con el lugar les llamó la atención. Venía de una puerta que juraban no haber visto antes, como si el pasillo se hubiera acordado recién de que existía.
—Ojo con eso —dijo 🔵, retrocediendo un paso—. Acá abajo, luz que aparece de la nada nunca es buena noticia.
—O es justo lo que estamos buscando —dijo 🟩, ya caminando hacia la puerta.
—Clásico de vos. Metete primero, preguntá después.
Del otro lado había una casa. Nada del otro mundo, en realidad: living con sillón hundido, una mesa con mantel de hule, un ventilador de pie sin una de las aspas. El mismo estilo desangelado del templo, pero con toques de vida cotidiana —una pila de platos sin lavar, un calendario viejo pegado en la heladera, todavía marcando un mes que ya había pasado hace rato.
Y ahí, sentada en el sillón con un mate frío entre las manos, estaba ella. La misma de las pinturas, aunque en persona se la veía más cansada, con el pelo atado de cualquier manera y ojeras que ni el maquillaje corrido lograba disimular.
—Uy, visita —dijo, incorporándose de golpe, casi sorprendida de que alguien tocara timbre en su propia vida—. Perdón el estado de la casa, no esperaba a nadie.
—Este… —🟩 dio un paso adelante, con las manos juntas y la vocecita de quien no quiere ofender ni por casualidad—. Nos manda Sigma Jr. Nos pidió que le trajéramos unas cosas a su mamá.
Le extendió una bolsa con paquetes envueltos en diario. La mujer la agarró como si le hubieran dado algo mucho más importante que unas cosas envueltas en diario.
—Ay, mi hijo. Siempre tan atento —dijo, y por un segundo pareció que se le iba a quebrar la voz—. Yo me llamo Sebastián. Pero mejor que me digan La Chismosa. Siéntense, siéntense, no me dejen parada.
🔵 ya se había tirado en el sillón sin que nadie lo invitara, con las piernas estiradas sobre la mesita ratona.
—¿Y por qué rayos tienes un nombre masculino? —preguntó, con esa curiosidad medio malintencionada que tenía para todo.
—La verdad, ni yo se porque me llamo así. Solo se que yo me entero de la vida de todo el mundo —se rió ella, aunque la risa le salió más cansada que alegre—. Se supone que debo de escuchar, aconsejar y todo eso, después la gente se olvida de mí. Hace rato que no recibía visitas que no fueran de mi hijo.
Se sentó frente a ellos, cebó dos mates más —uno para cada uno, aunque ninguno de los dos había pedido— y por un momento se quedó mirando el vapor que salía de la pava.
—La verdad que la vengo pasando difícil —dijo, casi como si se lo dijera más a sí misma que a ellos—. Con el cuidado de mi marido, con la familia en general… Y mirá que se supone que yo soy la representación del amor humano en esta cueva de mierda. Pero ni yo me la puedo creer del todo, últimamente.
—¿Y eso por qué? —🟩 se acomodó en el borde de su silla, genuinamente preocupado.
La Chismosa suspiró largo, como quien va a contar algo que contó muchas veces y cada vez le pesa un poco más.
—Yo no siempre fui así —empezó—. Antes era otra cosa. Cuando esto todavía era un país, un mundo, lo que sea que ustedes quieran llamarlo, yo miraba a la gente de afuera de la ventana y no entendía nada. Veía tan delincuencia y maldad que hasta me preguntaba: ¿para qué? ¿Qué sacan con eso?
—Ahí conocí a Sigma. En ese entonces todavía pensaba, ¿eh? Antes de que el boludo de El Pensador le arruinara la cabeza.
🔵 soltó una risa corta.
—¿El Pensador le arruinó la cabeza a un tipo que pensaba? Qué nombre más al pedo, entonces.
—Ese es justo el chiste que él mismo se creyó gracioso, imaginate —dijo La Chismosa, con una sonrisa amarga—. Sigma era la raíz de todos los pensamientos, según dicen. Tenía que quedarse vacío para que todo el mundo pudiera pensar tranquilo, sin corromperse. Un trabajo de mierda, la verdad, pero alguien tenía que hacerlo.
—Nos conocimos siendo dos entidades recién armadas, sin saber ni para qué mierda existíamos. Nadie nos había explicado nada, así que nos explicamos entre nosotros como pudimos. Y bueno, en el medio de tanto no entender nada, él se enamoró de mí. A pesar de que se supone que él no tenía que sentir nada. Solo pensar.
—Qué lindo, en el fondo —dijo 🟩, con los ojos brillosos.
—Lindo fue, sí. Hasta que a El Pensador no le gustó nada eso. Un dios enamorado no piensa bien, dice él. Así que un día intentó sacarle las emociones a Sigma para que volviera a ser solo cabeza.
—Y le salió al revés —siguió La Chismosa—. En vez de sacarle las emociones, le sacó el pensamiento. Ahora Sigma siente todo lo que quieras, pero no piensa una goma. Ni para atarse los cordones.
—Ah, por eso el chiste de que el marido "ni siquiera piensa" —dijo 🔵, cayendo en la cuenta.
—Ese mismo. Y aun así seguimos casados, porque lo que construimos entre los dos con los años vale más que cualquier boludez que le haya hecho El Pensador. Pero no crean que es fácil. Intenté mil formas de hacer que recupere algo de cordura. Terapias inventadas, rituales, hasta viajé por cielo y mar hacia los limites a buscar lo que sea necesario. Pero nada funcionó.
—Esta gente de acá por ejemplo —señaló— nunca pudieron tener hijos. Y aun así los peores comentarios se los llevaban ellos dos, solo por quererse como se querían. Yo los escuchaba, los aconsejaba, y en el medio me daba cuenta de que el amor tenía mil formas más de las que yo pensaba al principio. No hacía falta reproducirse, no hacía falta que la naturaleza diera el visto bueno. Alcanzaba con que no le hicieran daño a nadie.
—¿Y a usted también la miraban raro por acompañarlos? —preguntó 🟩.
—Todo el tiempo. Pero mirá, si algo aprendí en todos estos años escuchando a la gente de este barrio de mierda es que el que anda juzgando el amor ajeno generalmente es porque el propio no le está funcionando ni un poco.
🔵 asintió con la cabeza, casi sin darse cuenta, como si esa frase le hubiera pegado en algún lado.
—Con el tiempo empezó a venir gente a pedirme consejo. Al principio me parecía raro que me preguntaran a mí, si yo tampoco entendía bien lo mío. Pero después entendí que no hacía falta tener todas las respuestas. Alcanzaba con escuchar.
—Y ahora es toda una experta —dijo 🔵, con un dejo de sarcasmo que no llegaba a ser cruel.
—Experta en escuchar quejas ajenas, sí. Menos experta en resolver las propias, ojo.
Se quedó mirando un punto fijo.
—Después está lo otro. Lo de Doña Dolores.
—¿Quién es esa? —preguntó 🟩.
—Otra que conocí hace mucho. Una mujer que tenía de todo, era ella y su hermano Claudio los primeros en nacer de estas tierras. Y claro, también a Agustín.
—Parece como si hubieran vivido felices —comentó 🔵.
—Así era, hasta que un conflicto entre Claudio y Agustín hizo que ahora este ultimo sea conocido como "El Maligno", y fuera encerado en el "Horno", dejando a su esposa y su hijo de luto. Desde ahí no supe más.
—Perdón, me fui por las ramas —dijo, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Ustedes vinieron a traerme unas cosas de mi hijo, no a escuchar los quilombos de una vieja sentimental.
—No diga eso —🟩 se acercó y le puso una mano en el hombro, con esa ternura casi torpe de quien todavía está aprendiendo a consolar a alguien—. Yo creo que Sigma va a mejorar. No sé cómo, pero algo me dice que sí.
—Y aunque no mejore —agregó 🔵, cruzándose de brazos—, tener a alguien así de salame al lado no es lo peor del mundo. Se lo digo por experiencia, ¿eh? Yo tengo gente a mi alrededor que tampoco piensa mucho y algo de cariño igual les tengo.
—¡¡HEY!! Igual gracias.
La Chismosa soltó una risa de verdad, esta vez, corta pero sincera.
—Lindo consuelo el de ustedes dos.
—El consuelo que hay, señora —dijo 🔵, encogiéndose de hombros.
—Lo que le queremos decir —siguió 🟩— es que no pierda las esperanzas. Ni con Sigma, ni con nada. Sé que da miedo perder a alguien más, pero todo puede salir bien. Aunque ahora no lo parezca.
La chismosa los miró un largo rato, como si estuviera guardando esa escena en algún cajón de su memoria para sacarla después, en una de esas noches en las que el mate se le enfría solo.
—Gracias por quedarse a motivar a esta vieja chismosa —dijo por fin, secándose otra lágrima—. Ya pueden irse tranquilos. Mi hijo debe estar por volver, y no quiero que los agarre acá adentro contándoles toda mi vida.
Los acompañó hasta la puerta, la misma que antes no estaba, y que ahora los esperaba abierta hacia el pasillo circular del templo.
—Cuídense mucho, ustedes dos —les dijo, apoyada en el marco—. Y si alguna vez necesitan hablar con alguien, ya saben dónde encontrarme. Total, esta casa no se va a ir a ningún lado.
🟩 y 🔵 salieron del Nivel 51 con esa sensación rara de cuando uno escucha algo que no le pertenece del todo, pero que igual se lleva puesto. Caminaron un rato en silencio, hasta que 🔵 lo rompió, como siempre.
—Che, ¿vos crees que el marido algún día recupera la cabeza?
—Ni idea —dijo 🟩—. Pero por lo menos ahora sé que hasta los dioses tienen que bancarse cosas feas.
—Bienvenido al club, pibe.
-¿Qué? ¿Ahora eres un dios también? -Dijo 🟩 en risa.
-No, pero si YO se le da la gana, no hay drama.
Y con eso, ambos siguieron su camino, con una pequeña esperanza nueva pesándoles en el bolsillo, justo al lado de las monedas que nunca terminaron de gastar.
